Al ministro de la Defensa

La FAN, señor ministro, no puede permanecer pasiva ante la conflictividad, la cual demanda que el Gobierno y los partidos se reconcilien a fin de alcanzar la paz de la República a través de alternativas democráticas.

En el pueblo se palpa la necesidad de la asistencia castrense en aras del orden público, la patria y la atención a sus serios problemas, que va más allá de las diversas actividades que hoy adelanta. La exigencia al soldado es la de su colaboración para que se arbitren mecanismos escriturados constitucionalmente para la convivencia pacífica, no pudiéndose calificar contrario a la ley cuando sean planteados a gobernantes opuestos a la alternabilidad democrática. Sería una democracia de papel que materialmente no guarda relación con la real. Tampoco constituye golpe de Estado, obsoleta fórmula en la que se arropan autócratas para evitar, precisamente, que la FAN coadyuve en el restablecimiento de la democracia.

Al dilema actual lo alimenta el personalismo, la vorágine por el poder, el paternalismo estatal, la ausencia de valores, la riqueza fácil y la poca claridad con respecto a objetivos. Pero, adicionalmente, que el Pacto Social Constitucional deambula ante la negativa a las consultas estatuidas en la Carta Magna para que el soberano decida quién debe gobernarlo; alimento para la anomia y la destrucción.

A pesar de lo que se escucha, los pueblos sí se equivocan, por lo menos, al elegir a sus gobernantes, pero tienen el privilegio de enmendar sus errores revocándoles o desconociéndoles cuando no observen las pautas constitucionales.  La primera arma es el voto, pero cuando se le niega la segunda es la desobediencia expresada en plazas heroicas. El país compelido a la última opción requiere una transfiguración castrense y civil para que podamos solicitar y con resultados la observancia constitucional. Ello está inserto en el espíritu de la sociedad misma, por lo que ha de ser legítima la cooperación entre ambos en procura de libertad, dignidad y bienestar colectivos. Es esa integración la que hace probable que los votantes decidan democráticamente quién debe gobernarles.

La democracia supone, general Padrino, un conjunto de instituciones para la defensa de los derechos políticos, económicos y sociales, tanto individuales como colectivos, entre ellos el respeto a las exigencias populares relacionadas con la defensa de la libertad y la democracia. Pero qué hace el pueblo cuando no obstante exigirles, se le niegan, se criminaliza a quienes luchan por ellos, se les encarcela, se les desconoce el derecho a expresarse y hasta el sufragio. Pensar en la resignación, como usted y sus compañeros de armas comprenderán, es contradictorio. Pero, además, intolerable, antidemocrático y poco racional.

Las particularidades de la sociedad, la idiosincrasia, el nivel cultural y dejar de lado presiones utópicas son determinantes para el diálogo que se adelanta, pero también para el monólogo y las acciones de calle, y ello ha de tomarse en cuenta si se desea ser realista. Pero, además, conjuntamente con la fortaleza tanto del Gobierno y de la oposición, y la naturaleza, vocación y propósitos de cada uno. Dialogar con una dictadura ha de ser más difícil si la oposición es absolutamente democrática y si se trata de un caudillismo populista no deja de ser complicado. Estas particularidades pareciera difícil ocultarlas en Venezuela, que no transita un buen camino.

La experiencia de Chile enseña que 11 partidos opositores, de derecha, centro y de izquierda, presentaron al gobierno el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia, encontrando apoyo en el almirante José Toribio Merino, general del aire Fernando Matthei y general de carabineros Rodolfo Stange, lo cual revela que la dirigencia política trabajó el concurso del soldado y la sociedad civil. Pinochet se negaba a suscribirlo, pero estas circunstancias lo indujeron a hacerlo. El resultado es harto conocido, el país sureño disfruta de beneficios democráticos incuestionables.

El Papa y la Comunidad de Naciones abogan por suprimir los obstáculos que nos han llevado a una peligrosa crispación de consecuencias impredecibles, tarea en la cual deberíamos cooperar civiles y soldados para que los esfuerzos no sean estériles. La masa luce impaciente dudando si vuelve a la calle exigiendo lo que presagia le es legítimo, o sea, vivir en paz y no pasando necesidades como pobre en un país rico.

El escenario revela, señor Ministro, que una mayoría exige la consulta popular, legitimada para expresar electoralmente si el gobierno prosigue o ha de sustituirse.  Civiles y militares tenemos legitimidad para demandarlo. Procurémosle.

Su papel, respetado general, como el de los soldados a su mando, está llamado a ser histórico. La Patria lo reclama.

 

Otros Artículos