Diálogo y monólogo

Las dificultades concernientes a la metodología pareciera que vuelven a ponerse de moda, pues las fuerzas democráticas con mayoría parlamentaria que venían demandando en las calles alternativas constitucionales para un nuevo gobierno, decidieron sentarse con el oficialismo en procura de opciones mediante el mecanismo del diálogo, a cuya facilitación se han ofrecido, en un ambiente de crispación, el Vaticano y la comunidad internacional.

Para algunos a favor del diálogo se encuentran los optimistas, particularmente, los dirigentes políticos, cuya indignación esa iniciativa atenúa.  Pero para el común, que quizá se sienta la víctima más golpeada del régimen, no deja de cundir la tristeza de ver como pospuesta la esperanza de que el Gobierno termine, sin importarle la manera, pues cualquiera sería, en todo caso, mejor.  Para otros el diálogo supone una sociedad consolidada que no somos, apego a la democracia que no tenemos y aprendices de las cartas magnas cuyos intentos no nos han llevado a cumplirlas.  Se asumiría, por tanto, que no somos un país de diálogos, sino de monólogos.

Pareciera que en sociedades así conformadas, los intentos para recomponerlas se han ubicado, más que en reconciliaciones plurales entre gobierno y aquellos que le cuestionan, en acuerdos piramidales pragmáticos, como por ejemplo el de Venezuela en l945, el cual condujo a un ensayo democrático de 3 años, ruta para desechar a aquellos que querían heredar, algunos por el ius sanguinis y otros por ius solis, a ese personaje que calificamos en una manifestación de insolencia el benemérito. También fue cupular el acuerdo ante el vómito del plebiscito del 58 para eternizar a Pérez Jiménez en el poder, tan hediondo que los aviones militares comandados por Hugo Trejo por el cielo caraqueño despertaron la concurrencia en un pacto bajo la vigilancia del pueblo, que condujo a que los partidos políticos agendaran la estrategia de Punto Fijo y una democracia de 4 décadas. Tal vez, salvo mejor consulta con las páginas de la historia, para los incrédulos no se conocen supuestos de verdaderos diálogos políticos, salvo que se califique como tal la Mesa de Negociación coordinada por César Gaviria al inicio de una crispación del caudillismo chavista y la oposición y que concluyó en una especie de catarsis para las emociones contrastantes de aquel momento. Los presuntos diálogos se han parecido más bien a acuerdos de salón entre líderes civiles y soldados para transiciones democráticas y que han estimulado el respaldo del soberano, el cual ha asumido la vigilancia democrática.

Las particularidades de la sociedad, la idiosincrasia, el nivel cultural y el dejar de lado presiones utópicas son determinantes tanto para el diálogo, el monólogo y las acciones de calle y ello ha de tomarse en cuenta si se desea ser realista. Pero además conjuntamente con la fortaleza tanto del Gobierno y de la oposición y la naturaleza, vocación y propósitos de cada uno. Dialogar con una dictadura ha de ser más difícil si la oposición es absolutamente democrática y si se trata de un caudillismo populista no deja de ser complicado. Tal vez mucho más, por la disgregación social que genera la política de enajenación ciudadana.

La experiencia de Chile enseña que 11 partidos opositores, de derecha, centro y de izquierda, presentaron al Gobierno el Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia, encontrando apoyo en los militares almirante José Toribio Merino; general del Aire Fernando Matthei y general de Carabineros Rodolfo Stange, lo cual revela que la dirigencia política de la patria de Bello había trabajado el concurso del soldado en concurrencia con la presión popular. Pinochet, como pudiera presumirse lo haría Maduro, se negaba a suscribirlo, pero estas circunstancias lo indujeron a hacerlo. El resultado es harto conocido, por lo que es aconsejable la redacción de un Acuerdo, su presentación formal al gobierno y los respaldos logísticos que condujeron al éxito en el país sureño que disfruta de beneficios democráticos incuestionables.

El Papa y la Comunidad de Naciones deberían recibir el texto que la dirigencia opositora desea que se suscriba, para que las sesiones no se conviertan en dimes y diretes, metodología favorable sin duda para el régimen. La masa luce impaciente, dudando si vuelve a la calle.

En la pizarra deambulan hipótesis, probables para algunos y no para los demás, pero en todas hay conformidad con respecto al fin, que no es otro que sustituir al gobierno. La consulta revocatoria la boicoteó el régimen y los poderes y juristas del terror que como en el nazismo germano le apoyan. Las alternativas en la mesa, dialogo con calle y sin calle, tal vez terminen compatibilizándose.  La presencia del Vaticano es, sin duda favorable, pues jerarquiza el proceso. De todas maneras, pidamos al representante de Dios que ruegue por nosotros.

El reto para la dirigencia es enorme.

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