El país ilegal

Fortunato Zabaleta comienza su clase manifestando que analizará “las constituciones mentirosas”, cuyo puesto N° 1 ocupa la de Venezuela. No hay duda que los cambios para mal alteran el equilibrio individual, vía para anarquizar el colectivo. Los pueblos terminan en la guerra. Es el país ilegal. Explica que la ilegalidad para el común consiste en no cumplir la Ley, pero sin preguntarse las razones vinculadas a las reacciones emocionales para la persona de la que derivan y el escenario que la rodea. Es determinante en la conducción de los pueblos. En especial, cuando la gente al analizar las providencias de quienes gobiernan, duda de su armonía psicológica. Esa sería una microconsecuencia, pero la macro es la de “la Constitución mentirosa”. Así lo expone Marcelino Cazorla para satisfacción del académico.

La historia refleja la concepción de que el grupo social había de regirse por las pautas de la propia naturaleza y del derecho natural, fuente del liberalismo absoluto y de desigualdades. Es ante este escenario que los grandes pensadores concibieron “el pacto social”, cuyas previsiones suelen escribirse, aunque en algunos países sin escriturarse proyectan mayor eficiencia, razón para calificarlas como “las constituciones verdaderas”, en contraste con “las embusteras”. He aquí, acota Fortunato, la necesidad de que tengamos en cuenta lo importante del equilibrio emocional en la compostura social, de la cual depende la observancia de la Ley y la materialización del progreso, motivo por el cual, acertado el pueblo que elija con sensatez a los gobernantes que han de ejecutar “el pacto social”. La equivocada escogencia es camino seguro al desconocimiento de la soberanía, fuente del acuerdo societario y de la libertad. Suleima Guevara interrumpe a Zabaleta, diciendo “al desbarajuste social”. De acuerdo, agrega Diego Rosales. La alegría del docente es inocultable.

“El contrato social” se atribuye a la ocurrencia de Jean-Jacques Rousseau, resultado, en principio, para los más atrevidos de la atribulada personalidad del filósofo, para quienes prueba de ello es la propia descripción que hace en “Las Confesiones” al expresar que “sus gustos y pensamientos fluctúan entre lo noble y lo vil”. Advierto que no quiero ser pedante, pero por cuanto entiendo lo que leo, no abrigo dudas de que George H. Sabine (Historia de la Teoría Política) sostiene que “todo lo que de filosofía y política escribió Jean-Jacques deriva indirectamente de esa personalidad compleja, desgraciada y dividida, en la que jugaron un papel importante morbosidades variadas”. En mi criterio, podríamos dejar sentado que constituye un capítulo histórico excepcional que de esa mente alterada de Rousseau haya surgido “El Contrato Social”, fórmula que ha servido a la humanidad para conformarse a través de sociedades políticas y a armonizar al mundo. La democracia nace de ella sustentada en la legitimación al pueblo para gobernarse y conforme a las leyes que apruebe por los órganos que la propia sociedad establezca. Los alumnos de pie aplauden a Fortunato con tanta efervescencia que Mariangélica Tabares, también académica y quien dicta clase en aula cercana entra a la de Zabaleta fungiendo ser alumna. En el fondo ha pretendido a Fortunato, pero sin éxito.

No obstante, afirma que el punto de quiebre de la actitud cognoscitiva es entender las razones por las cuales en el país el Contrato Social más que convivencia, ha generado que lo construido se haya desecho y lo edificado catastrófico. Claudia Ruiz, quien estudió con el profesor Sabine, expresa que todo está condicionado a: 1. El nivel de perturbación mental de los ejecutores del pacto social, 2. Que ninguno ha de ser como Rousseau, a quien las alteraciones de la psiquis lo indujeron a un acuerdo societario para que los súbditos, convertidos en ciudadanos, actuaran racionalmente, 3. Las sociedades que han aprovechado la fórmula son las más avanzadas, 4. Aprueban una “Constitución verdadera” y no una “embustera”, o sea, un Contrato Social que cumplen y 5. El pueblo es el sujeto de la soberanía y de ella deriva la Carta Magna, los gobernantes, legisladores y jueces. En esencia, la democracia.

Elías Rodríguez, inscrito en el curso para deshacerse por recomendaciones psiquiátricas del mentado Socialismo del Siglo XXI, se retira para pedir cita con el profesional del cerebro, pues el tratamiento no ha sido efectivo. No entiende como Rousseau de mente perturbada contribuyó a componer el mundo y nosotros a destruirlo. Tampoco al galeno que lo obliga a analizar el equilibrio emocional de los que ejecutan la Constitución y de los sujetos pasivos de sus preceptos. Deambula preguntándose habremos gobernado como bestias. El temor lo induce a indagar acerca de las protestas. Su temblor del párpado izquierdo es más visible ante un pueblo en la calle en lucha para el rescate de la civilidad y a la que pareciera faltarle únicamente el auxilio de sus soldados para dejar de ser “el país ilegal” de hoy.

El profesor da por finalizada la clase.

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