Los pactos cívico-militares.

El país demanda un acuerdo nacional de civiles y militares para el rescate de la legitimidad constitucional y la atención a sus serios problemas, pues está a punto de un estallido social. La Virgen del Valle, tal vez, coadyuve a alcanzarlo en el diálogo margariteño propiciado por Unasur.

Es el planteamiento del destacado coronel Tirso Martínez Jr., para quien los pactos cívico-militares serios posibilitan el concurso del soldado con sus coterráneos en la ruta democrática. En Venezuela se produjo esa concurrencia, a raíz del derrocamiento de una dictadura de 10 años para edificar una democracia de 4 décadas, que por no habérsele comprendido hoy tratamos de rescatar. Asimismo, la Junta Cívico-Militar del 18 de octubre de l945 resultó de la integración de soldados y civiles, propiciando un sistema político con vocación social en una nación de destino dudoso. Ocultar estas apreciaciones equivale a la mentira.

Al dilema actual lo alimenta el personalismo, la vorágine por el poder, el paternalismo estatal, la ausencia de valores, la riqueza fácil, la poca claridad con respecto a objetivos y la sustitución equivocada de un liderazgo bajo la égida de que todo habría de hacerse desde cero, con el triste resultado de que el único que pudo salvarse del arrinconamiento es el actual presidente de la AN. Pero, adicionalmente, que el Pacto Social Constitucional deambula entre un gobierno que se niega a una consulta refrendaria estatuida en la Carta Magna para que el soberano decida quién debe gobernarlo. Los poderes públicos, con excepción de la AN, adheridos de manera absoluta a las pretensiones gubernativas, alimento para la desorganización social, o sea, la anomia.

El pueblo lucha, pero a la esperanza se le mira como una expectativa trémula, apenas una traza de seguridad firme casi temerosa y un castillo en el aire (Eagleton), pues el gobierno tiene en lo formal más poder que el soberano, lo que es una tergiversación de la democracia. La gente intuye que se enarbolan banderas democráticas, como la declaratoria de la ruptura por parte del régimen del orden constitucional, acordada en la AN (23.10.16), pero casi convencida de que el gobierno, apoyado en el TSJ, la desconocerá. Los optimistas son pocos.

Es por ello que luce viable un pacto cívico-militar, como lo afirma el coronel Martínez a un grupo de civiles en casa de Lastenia Contreras, a fin de que la jerarquía entre los poderes públicos se observe y que aquellos electos por el soberano prevalecen con relación al jefe de Estado y sus ministros, TSJ y juzgados restantes, CNE, Ministerio Público, Contraloría y la Procuraduría General. El Alto Mando de las FFAA está, también, obligado constitucionalmente a requerir la observancia de las decisiones soberanas, salvo que sean sustancialmente opuestas al Texto Fundamental. Lastenia Contreras sostiene que ha de ser un pacto transitorio y abocado al enderezamiento de la República mediante una consulta eleccionaria a fin de elegir nuevas autoridades, en el entendido de que el veredicto popular será acatado por todos. Las sociedades sensatas no deben temer al uso del dispositivo constitucional que legitima al castrense a cooperar con el pueblo en el rescate de la constitucionalidad. En ese contexto se inserta para Lastenia el acuerdo planteado por el coronel Martínez Jr. Es una alternativa a la que ha de acudirse. Doña Lastenia da así concluida la tertulia.

Los abogados Felipe Zabaleta, Damián Duque y Cecilia Espinoza redactarán el Pacto Cívico-Militar a que se ha hecho referencia. El coronel Horacio Contreras, instituido para elevarlo a la consideración del Alto Mando. Los civiles mencionados lo analizarán con la MUD.

La alegría de Lastenia Contreras la induce a soñar con la Junta Cívico-Militar del 58, la libertad de los presos políticos, el regreso de los exiliados, la vigorización de los partidos, una Constitución real, elecciones libres y objetivas, una economía sana camino para el progreso social; en definitiva, pues, la Venezuela que queremos. Entiéndase bien que no propiciamos la gendarmería castrense de los 50 y mucho menos un golpe de Estado. Así despide a sus invitados.

Pero acelera el paso a la Basílica del Valle a rezarle a la Patrona de Oriente. Se sentará después frente en su casa de Pampatar a recibir las brisas del mar, soñando que alguien del otro mundo le augura que su querido hijo, el coronel Horacio Contreras, primero de su promoción, tendrá éxito con el Alto Mando.

Manosea nuevamente el libro Esperanza sin optimismo, de Terry Eagleton, rechazando la acotación del titular de la Catedra de Teoría Cultural de la Universidad de Manchester, de que para algunos la esperanza es una especie de indignidad propia de reformadores sociales. Ella más bien tiene confianza en el futuro de su patria. Cree que podemos rescatarla a través de la alternativa planteada por el ilustre coronel Tirso Martínez Jr., su otro hijo.

 

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