Monseñor Padrón, Presidente

A Benito Malavé le gusta su nombre, estando agradecido del cura Barrera, su tío materno, quien lo sugirió, retribuyéndole también haberlo entusiasmado por admirar a mártires y santos, entre ellos San Benito Abad.

Pondera la valentía como evangelizadores de Cristo,  las restricciones que los mantienen alejados de los placeres humanos y los deberes para con Dios a quien han de conocer, servir y unirse para la eternidad (La Columna de Hierro, Caldwell, 2012). Malavé hubiera querido ser sacerdote. No lo es, pero sí un católico practicante con vocación y  disciplina.

Estas razones lo soliviantan para pensar que como Venezuela necesita un Jefe de Estado, ese debería ser Monseñor Diego Padrón, de la Conferencia Episcopal, quien acaba de plantear:

1. El referéndum revocatorio es una legitimación constitucional que se inició el 6 de diciembre al elegirse la AN;

2. Es el mecanismo originario para cambiar a un gobierno con locura de permanencia en el poder y cuyos intereses no son los del país, sus gentes y sus instituciones;

3. Se impone adelantarlo, como lo previó el constituyente, ante el resquebrajamiento de la democracia y la crisis social que el régimen ha creado;

4. Constituye un mecanismo pacífico y constitucional para evitar que se siga deteriorando la vida y una espiral de odio y muerte, y

5. Es el anhelo de la mayoría que espera una solución pronta y definitiva a la crisis. La racionalidad de los planteamientos son consignas definitorias para que pensemos, a juicio de Malavé, en Monseñor Padrón como Presidente, tanto en la transición de producirse el RR o por cualquier otra vía.

Percibe en los señalamientos del Monseñor una lucha contra estas apreciaciones:

1. Las repúblicas declinan en democracias y éstas en despotismo;

2. La justicia desinteresada no existe;

3. La Ley es una meretriz que solo sonríe a los que echan mano al bolsillo con más rapidez;

4. Los dineros públicos se destinan a ganar los votos de la plebe, concediéndoles repartos gratuitos de alimentos y viviendas, y

5. Qué no podría conseguirse a cambio de oro, ante lo bajo que ha caído el hombre después de la creación. Como buen lector ha repasado, además de Cicerón y el Esplendor de la República Romana, de Taylor Caldwell,  Los Pilares de la Tierra, de Ken Follett,  en los cuales se ha inspirado para entender la moción del Arzobispo de Cumaná.

Un abogado amigo acota a B. Malavé que el artículo 277 de la Constitución bolivariana exige que el Presidente de la República ha de ser de estado seglar, además de venezolano por nacimiento y no poseer otra nacionalidad, requisito con respecto al cual Benito le pregunta en lo relativo a la posible doble nacionalidad del actual Presidente, sin respuesta por el profesional del derecho. El jurista cumanés, sin que Malavé lo entienda del todo, le recita la disposición constitucional 59 concerniente al deber del Estado de garantizar la libertad de religión y de cultos y al derecho de profesar la fe religiosa, así como la independencia y autonomía de las iglesias y confesiones religiosas. Benito pregunta si acaso está señalando que nos gobiernan quienes no son temerosos de Dios. El abogado calla otra vez.

El último le aconseja consultar a los doctores Román Duque Corredor, Cecilia Sosa y Jesús María Casal acerca de la posibilidad de una enmienda constitucional para no requerir la secularidad cuando se trate de ejercer la Primera Magistratura para concluir un determinado periodo presidencial. La justificación huelga, acota el sagaz Benito, por un lado la crisis constitucional que ha denunciado la OEA y por el otro la anarquía social y la debacle humanitaria que la potencia. Los doctores de la Ley plantean que la secularidad evita la injerencia de la religión en el gobierno como de éste en aquélla, recordándole la apreciación de Kennedy de mantener al gobierno alejado de la religión.

Los juristas, también lectores, preguntan a Benito si Venezuela, como Roma en la época imperial, se parece a un campamento militar donde reina el temor y, por tanto, si la obra del legislador es menos gloriosa que la del jefe castrense. El interpelado se limita a ceder la respuesta al Dr. Duque, quien promete contestación escrita. Los doctores Sosa y Casal manifiestan estar de acuerdo.

Benito no se amilana. Se traslada a Cumana a formularle la proposición a Monseñor Padrón. Pero éste le manifiesta que con la Conferencia Episcopal le es suficiente. Y que es por esencia un fiel seguidor  de Jesús como disciplinado militante del catolicismo.

Regresa a Caracas entre la inquietud y la desesperanza, pero rezándole a San Benito Abad para que interceda por él ante Dios y le alivie los sufrimientos y dificultades que ahora lo agobian, que haya revocatorio y escojamos a un Presidente tan óptimo como Monseñor Diego Padrón.

El sacerdote Fernando Barrera no cesa en animarlo. Es una ayuda determinante para Benito. Alimenta su fe, tan necesaria en momentos aciagos.

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