Tirso Martínez Jr.

Artículo dedicado a Tirso Martínez; Glotón, sociólogo y confundido. Desempleado, cojo y navegante, libro de Luis Beltrán Guerra G., Comala.com, 2002.

Este Tirso es el padre del Jr.

Se percibe optimista con respecto al fin del “Nacionalsocialismo Criollo” que destruyó a Venezuela, considerando como aceptables iniciativas “el socorro del soldado”, que en concurrencia con el pueblo integraría “la dupla” definitiva para la transición democrática, como aconteciera el 23.1.58. “La cooperación castrense” además de ampararse en el Texto Constitucional, encuentra plena justificación en “el estado de necesidad” para evitar un daño mayor, como “la crisis huma­nita­ria” que afecta a los venezolanos.

Está consciente que en las protestas populares se palpa la necesidad de “la asistencia castrense”, legitimada para cooperar en demanda de la constitucionalidad, el orden público y la patria. “La exigencia al soldado” es la de su colaboración para que se adelante la consulta revocatoria establecida constitucionalmente y bajo pautas electorales objetivas y observancia de la ley electoral. Sancionar ese “auxilio” como “golpe de Estado” sería opuesto a la Carta Magna, pues no tiene nada de ilícito requerir la convocatoria a referendo, elecciones generales o una Asamblea Constituyente para reedificar a una república destruida. Las leyes han de aplicarse tomando en cuenta el espíritu del legislador y ello supone la preponderancia de lo substancial a lo formal. Criterio de aceptación universal en la Teoría General del Derecho.

No desconoce que “el golpe de Estado” es de vieja data y que se “aggiorna” en repúblicas débiles, cuando civiles y hombres de uniformes aprovechan interesa­damente la cooperación de la comunidad de naciones democráticas, para frenar el comunismo en Latinoamérica, cuyo escenario de pobreza es favorable para que pastoreara. Es así como “el golpe de Estado” se institucionaliza en la década de los 50 en un archipiélago de dictaduras.

Los esfuerzos de dirigentes políticos para que las dictaduras sean reemplazadas por la democracia representativa, sustentada en la voluntad popular expresada en libres comicios, conduce a que, en Venezuela, a raíz, precisamente, de que “el pueblo en la calle con el auxilio castrense” deponga a una autocracia con origen en “un golpe de Estado tradicional”. Se derrocó a una gendarmería de 10 años por una democracia de 4 décadas. Tirso no entiende las razones para que no se produz­ca hoy esa concurrencia.

Se opone a que deba calificarse como contrario a la ley “el auxilio castrense” en aquel pueblo que eligió a gobernantes, quienes amparados en la formalidad traicionan la voluntad popular, destruyen el país y se posicionan en el poder con vocación vitalicia. Es la hipótesis de “una democracia de papel”, pues nació como tal en lo formal, pero materialmente guarda una estrecha relación con la dictadura. A ese “auxilio del soldado” hay que buscarle un nombre, pues no encaja desde ningún aspecto en el “golpe de Estado”, el cual es una obsoleta fórmula en la que se arropan autócratas para impedir a los pueblos gobernarse democráticamente. La soberanía se ejerce en las urnas, pero que hacen los electores cuando “el sátrapa”, con el apoyo de los poderes públicos a él incondicionalmente adheridos, ejerce el poder autocráticamente y transgrediendo “el pacto social”, no se les permita revocarle democráticamente. No otra alternativa pareciera posible, si no “el socorro de las Fuerzas Armadas” legitimadas por la Constitución a requerir que ella se cumpla. Martínez pregunta si Alberto Arteaga consideraría que la ausencia del “auxilio castrense” ante la situación actual constituye “un delito por omisión”. Añora respuesta del profesor.

Lo que no debe hacer “el soldado” para Tirso, es apropiarse del gobierno y convertirse en dictador, pues violaría las pautas constitucionales de la democracia, cometiendo un delito sancionado nacional e internacionalmente. Su tarea es requerir del gobernante temerario a que se someta al “Texto Fundamental”, lo que en Venezuela equivale a la consulta revocatoria que el pueblo ha requerido, negándosele. “El deber del soldado” es, en consecuencia, exigir la democracia, pues es aparente. Es en igual sentido el rescate de la libertad y los derechos que la integran. “La auxilariedad castrense” es darle una mano a la soberanía popular, pues la lucha cívica sin resultado conduce a la anarquía.

La subordinación del castrense al poder civil no supone que concibamos a aquel como “un robot”, pues los soldados saben, como Churchill, que la democracia “es el menos malo de los gobiernos”. El auxilio al pueblo para deshacerse de regímenes perversos más que de transgresión a tan importante regla es, por con­tra­rio, concomitante a ella.

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